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Sierra de Veracruz desde "La Balastrera" de Aldair Gonzalez S. |
La blancura se ralló de rojo, se volvió rosada y Ofelia
apagó la licuadora, escuchó pasar el tren que la llevaría a tomar su bote de
las 11:00 pm y vertió ese último licuado de fresas salvajes sobre un vaso más alto que
la licuadora, delgado como un remo solitario en la laguna de Asphar.
Ofelia vivía en su casa de madera con olor a vainilla, ahí
aprendió a hornear, ahí donde vio por última vez a sus papás, donde se quedó
sin nadie, ahí en la casa que limpiaba para ella sola y donde vio por primera
vez a Ariel, un mensajero en motocicleta que todavía traía el campo de flores
verdes y hojas amarillas escrito en los ojos. Ofelia pasó rápidamente el trapo
sobre la barra y terminó de limpiar su cocina por última vez.
–Es mejor viajar cuando el satélite del Norte es violeta–
Dijo la anciana por el camino señalando con un dedo. Ofelia miró el cielo –Le
agradezco maestra Mathilde, pero no puedo esperar un mes más– la anciana sintió
en sus pies cómo la tierra pálida se humedecía poco a poco, volviéndose negra
–tienes razón, debes irte– dijo, sacando de su bolso un pocillo azul hecho con
barro de los volcanes extintos, y tomándolo entre sus dos manos lo acercó a
Ofelia. –No puedo recibirlo maestra– Ofelia agachó la cabeza y dio un paso
atrás –lo vas a necesitar– respondió la vieja tomando la mano de Ofelia y
depositando el pocillo en ella, la anciana apretó sin temblar esa mano tan
joven.
Al pedir un café caliente, Ofelia recordó que había
dejado su capa en casa de Martina, su mejor amiga, era la capa que le recordaba
a un domingo bebiendo café negro con naranja y miel, cuando todo estaba bien y
pasaba tiempo con sus amigos; recordó las manos de Ariel, sus cejas gruesas
arriba de los ojos que miraban el sol con la cabeza recostada sobre el pasto.
Ofelia no regresó por su capa a la casa de Martina, no quería verla llorar
cuando se marchara, ni arrepentirse como la mayoría de los que alguna vez
planearon marcharse para luego mirar atrás, a pesar de la destrucción
inminente; ella prefería dejar algo para que Martina mantuviera esperanza, o que
al menos la recordara así, como eran antes.
En la cafetería de la estación, Ofelia miró el café
dentro de su pocillo azul, ya había escuchado sobre los volcanes antiguos,
cubiertos de un hielo cobalto que no se derretía ni con el verano más caluroso,
ni con el humo, ni con vapor. Cuando la lava del gran volcán no consumía jamás
sus días, cuando nadie tenía miedo de viajar, y nunca pensaban en la libertad
porque todos la tenían, cuando los unía el mismo sentir.
Su mamá, le contó a Ofelia el relato de la nieve que bajó
hacia las ciudades, el campo y los bosques, el día en que el gran volcán apareció
y los demás se esfumaron. Algunos jóvenes antes de huir del fuego y las rocas,
tomaron trozos de nieve que se cristalizaron en sus manos, los que no murieron formaron
con este barro un objeto para traer siempre en sus bolsos, cerca de ellos.
Ofelia creía que tales objetos eran tan solo un placebo que a los ancianos les
infundía valentía por recordarles que si sobrevivieron a la partida de los
volcanes, se mantendrían de pie sobre cualquier otra prueba. Pero los maestros
decían que tales objetos no eran sólo un símbolo, sino que algo bullía en su
núcleo, transformando aquello que contenían, o cortaban, o tocaban, dependiendo
de su uso.
De pie, con el boleto de tren en un bolsillo, esperando a
que dieran las 11pm y mirando tras la ventana una luz amarillenta, Ofelia bebió
el café, cuyo aroma conocía tan bien, ahí donde acostumbraba esperar el tren
por las tardes de lluvia junto a Ariel y sus brazos, junto a Ariel y su risa,
junto a Ariel empañando con su aliento los cristales de la cafetería, en la estación.
Ahora en ese pocillo de barro azul, el café le supo
diferente, como algo que probó cuando era niña, mucho antes de que sus padres
se fueran, cuando su mamá y ella pasaban tiempo en la cocina con ingredientes
de tierras lejanas, terrones de panela con sabor a clavo, menta o limón; y
hogazas de pan con higo, anís y otros nombres que no existen más que en su
lengua original. No sabía lo que ese café, en aquel pocillo azul, estaba haciéndole
a su corazón, su sangre, espina y mente. Por primera vez Ofelia sintió que no
necesitaba fingir fuerza, ni valentía, simplemente se asumió como era ella
misma.
Antes de que el fuego reinara sobre la tierra, Ofelia ya
soñaba con vivir en las tierras del sur y conocer aquellos lugares de los que
le habló su mamá cuando tenía cinco años, cuando creía que vivir los sueños no
costaba más que un boleto de tren, una balsa y muchos años de paciencia para
ser mayor. Cuando los murmullos de una nueva explosión llegaron a su aldea, Ofelia
sintió miedo como nunca, pero sólo le bastaba tener la mano de Ariel sobre la
suya, recargar la cabeza sobre sus hombros, y sentir que él era fuerte al
decidir, ella lo seguía y se sentía segura. Planearon escapar juntos antes de
que el fuego los absorbiera, antes de que los volviera parte de su maquinaria
que consume las mentes que olvidando el agua se funden en el magma.
Hubo un pequeño temblor en la tierra, no quedaba ya nadie
en la terraza del café, ningún tren se anunciaba, nade más que ella partiría,
nadie estaba cerca y aun así Ofelia sentía seguridad, bebiendo de su pocillo,
tratando de olvidar las tardes con Ariel, a Martina y el camino del campo, tan
lejos de la destrucción. Mirando hacia arriba, directamente al cráter del
volcán, el único que quedaba y que desapareció a los demás que sembraban el
camino fertilizando la tierra con sus exhalaciones, Ofelia sintió un brillo del
satélite sobre su rostro, un brillo que venía de abajo, y descubrió brazos de
río que nunca antes habían estado allí. Salían de las faldas de un monte y
llegaban hasta fuera del café. La tierra había cambiado.
Martina y Castor llegaron como de casualidad a la terraza
donde Ofelia trataba de entender esos brazos de río que formaban pequeños lagos
alrededor del volcán. Martina no llevaba con ella la capa, pero se detuvo al
lado de Ofelia en silencio, ya no como queriendo convencerla de que no se fuera,
y las dos supieron que todo pronto acabaría, que cada una estaría hasta el
final donde decidió estar, sin poder arrepentirse más. Ni un poco de duda en
Martina, ni un poco de miedo en Ofelia, y Castor de prisa como siempre miraba a
Martina para apresurarla. Ofelia y su mejor amiga se sonrieron por última vez.
Ningún abrazo, ningún suspiro. Castor salió del café, Martina salió tras él.
Ofelia ya ni siquiera temía encontrarse con Ariel, ni que
la persuadiera para quedarse como tanto lo intentó después de haber flaqueado.
Al final, Ofelia estuvo a punto de renunciar a marcharse, se quería quedar con
tal de permanecer cerca de él y no dejarlo, de sufrir lo mismo que él sufriera
tan sólo para poder mirar sus ojos un día más, y sentir lo que sentía todavía el
último día, el último momento en que lo vio. Por razones así y por razones
menos sólidas la gente se quedaba, por apego a su tierra, gente y cosas que
tenían, por orgullo, por no decir adiós, por miedo a ser refugiado, por amor a
la destrucción, por un imán que los atraía al volcán, por ignorancia. Pero los
sueños que soñaba Ofelia cada noche le hacían alejarse más de la idea, no podía
negarlos, porque sabía que si dejando todo se lanzaba a cruzar los ríos,
llegaría a una tierra que el fuego nunca podría devorar. A pesar de que
pareciera que nada tenía sentido sin Ariel, sus sueños fueron más fuertes que
la dependencia que un día tuvo, Ofelia renunció a él y fue libre, renunció a lo
que todavía le quedaba cuando lo miraba de cerca, de lejos, o al recordarlo por
la noche sola en su habitación, cuando escuchaba pasar su motocicleta, y
también cuando dejaba de escucharla. Ofelia, a diferencia de todos los que se
quedaron, no tenía a qué aferrarse, no tenía nada más que el sueño que soñaba
cada noche, desde hace años, sabiendo que su reinicio estaba lejos de ahí, que
debía andar ligera para alcanzarlo.
El cielo se hirió de rojo, se volvió naranja, los lagos
se fueron llenando de agua y atrás del volcán una explosión en llamas azules.
Ofelia corrió al interior de la estación que estaba vacía, sólo un anciano
quebradizo caminaba tranquilo hacia una banca apoyándose sobre un bastón de
barro azul, su cabello escurría de agua. Ofelia se le acercó a paso veloz.
–Niña no esperes más, si te vas a ir hazlo ahora, el portal de agua se está
abriendo y no durará mucho– Ofelia miró el bastón que se arrebolaba como espuma
de mar en el atardecer justo donde el hombre apoyaba su mano rugosa. Ofelia se bebió
todo el café que le quedaba y guardó su pocillo en el morral que iba colgando
en su costado. La piel se le volvió más pálida, como la de un delfín, pero ella
continuaba observando al anciano sin saber qué decir –Niña, ¡vete ya! La
maestra que te regaló ese pocillo no lo necesita más, ni yo necesito más nada –¡venga
conmigo!– dijo Ofelia tomando del brazo al viejo para que se pusiera en pie
–no. Mi tiempo ya fue, voy a descansar, pero no esperes a que nadie más llegue
niña, los que se fueron se fueron ya, los demás no van a hacerlo– la tierra
volvió a temblar y como si fuera a dar a luz, lanzó un grito muy grave, y muy
bajo que duró más tiempo del que se le podía prestar atención –Corre hacia las
aguas y salta– dijo el viejo cerrando los ojos para no ser molestado. Mientras
se recargaba, alzó un poco la mirada y vio a Ofelia regresar casi corriendo
hacia la terraza, que ya estaba inundada.
Las promesas de Ariel se habían consumido en cenizas, así
como se oscurecieron sus ojos cuando Ofelia le dijo que aunque él no lo hiciera,
ella sí partiría. Ariel la dejó ir como si fuera una desconocida, una que pasó
por el camino durante dos días sin detenerse en alguna casa; la dejó de
escuchar como si nunca la hubiera conocido, como si nunca le hubiera rogado que
confesara lo que pensaba; la dejó ahí de pie y sola, donde ella describió sus
sueños y la vida que imaginaba a su lado, cruzando las aguas. En una casa en un
peñasco blanco. Ofelia planeó y pospuso la partida como esperando a que Ariel
se arrepintiera, pero eso fue hace dos años y ahora ya no quedaba ni un
pretexto, ni una hora más para marcharse.
Sobre la barda de la terraza una silueta estaba en pie,
el agua no la tocaba, Ofelia no percibió nada por mirar sus pies y darse
cuenta, con el agua colándose entre sus zapatos tejidos, que era agua helada. Atrás
del volcán, el fuego ya no ardía tanto pero el cielo parecía sangrar. No había
lanchas, no había nada. Entonces Ofelia saltó hacia la barda para lanzarse sin
pensarlo un rato más.
–¡Ofelia!– le dijo el hombre dueño de la silueta, casi
como si no pudiera articular otra palabra. –No tengo miedo– dijo, y salió de
entre las sombras. Para no dejarse llevar por el impulso de su salto, ni perder
el equilibrio, Ofelia trató de sostenerse de algo hasta que él mismo la sostuvo
por la muñeca. Cada vez la piel de Ofelia se volvía más como de jadró, pálida,
azulada. Los ojos de Ariel que alguna vez habían sido verdes, parecían hechos
del agua que brillaba bajo el volcán, y Ofelia no tuvo que escuchar ni una
palabra para saber que él ya no era el mismo. –Yo también soñé como tú y
contigo, pero tenía miedo. Si quieres, Ofelia, vamos por el mismo camino, si tú
quieres que vayamos juntos ya no será como antes, antes yo no sabía a donde iba
y tú siempre sabías tu camino, pero ahora yo también conozco el mío– una roca
enorme cayó sobre la estación de tren –¡El viejo!– gritó Ofelia tratando de
bajar. Ariel se asió de ella, acercándola más a él para no dejarla ir –…Ahora
que vamos al mismo lugar ¿Quieres venir conmigo?
Mientras Ofelia entendía lo que estaba ocurriendo, el
agua inundó todo el balcón, ella sostuvo la mano de Ariel y la apretó con
fuerza, los dos saltaron al vacío de agua que los arrastró por una corriente
pequeña y pesada; sobre montículos de tierra, la gente miraba a su alrededor
sin saber ni qué hacían, ni qué buscaban, ni qué ocurría; los pocos ancianos
parecían más jóvenes que los mismos jóvenes, sentados y cerrando sus ojos en medio
la destrucción, tranquilos; hatos de cerdos corrían hacia el fuego gritando
como si murieran en el rastro. Ariel cubría a Ofelia en un abrazo, y Ofelia no
sentía ya dolor de mirar lo que alguna vez vio como su aldea.
Ariel percibió el fuego sobre el agua, justo delante de
ellos, y trató de esquivarlo, pero la corriente era tal que no pudo detenerse y
un remolino los succionó poco antes de pasar por las llamas sobre el agua
sulfurosa, segundos antes de perder la conciencia.
Arena, polvo de oro y un cielo como una mirada que no
esconde nada, despertaron a Ariel, quien se levantó corriendo para ver a
Ofelia, ella ya tenía desde antes los ojos abiertos. –Llegamos– dijo él,
mirando al fin a su alrededor; algunos otros jóvenes, adolescentes, niños y
adultos se acercaban a ellos. Ofelia había perdido su aspecto de palidez azul,
pero sus ojos eran grises como la nieve a lo lejos sobre una montaña, en una
mañana muy fría; se puso de pie tomando la mano de Ariel. El mayor de los
jóvenes, sostenía una corona de plata con zafiros para colocarla sobre la
cabeza de Ariel –Los estábamos esperando– dijo mientras estrechaba las manos de
los recién llegados. Ofelia buscó su mochila alrededor de ella, sobre la arena,
pero no había nada, y no le importó. Una niña de ocho años se le acercó
escondiendo algo con los bracitos tras su espalda, estaba descalza y tenía un
vestido de playa, sin decir palabra le entregó a Ofelia una corona de plata y
cristal púrpura.
Ariel y Ofelia se miraron como si sus sueños se quedaran
cortos con la realidad, uno de los jóvenes mayores se acercó a ellos. –Seguro
tienen mucho que contarnos, noticias sobre las aldeas, sobre su viaje, nosotros
también tenemos mucho que hablar con ustedes. Aquí hay suficiente trabajo por
hacer y mucha vida por vivir. Por ahora vengan, les mostraremos su casa– el
hombre se presentó y conversando caminaron sobre la orilla del mar, algunos
niños iban jugando tras de ellos con el agua, otros intentaban mirar de cerca a
los recién llegados, los últimos sobrevivientes, mientras los adolescentes
trataban de calmarlos.
Ariel y Ofelia también jugaban con sus pies descalzos
sobre las olas, nunca habían visto el mar. Andaban de la mano, el cielo era
como alguna vez había sido según contaban los ancianos, azul, de nubes. A lo
lejos apareció sobre un acantilado una casa de playa, con balcones y grandes
ventanas abiertas de cortinas blancas. Un viento apacible recorría todo el
lugar.
Hola, Ana Lucía
ResponderEliminarAló...
Te hablo desde este planeta
sí, del mismo en el que por ahora andas
Moisés Azaña
Hola, Ana Lucía
ResponderEliminarAló...
Te hablo desde este planeta
sí, del mismo en el que por ahora andas
Moisés Azaña